Fotografía retocada por Alejandra Santos"Sólo no evolucionan los fósiles”
Pepe Carvalho
Hoy, hace 199 años nació Charles Darwin. Hijo de una familia aristócrata, adinerada y culta de la Inglaterra victoriana, inició desde pequeño el camino que lo llevaría a convertirse en uno de los pensadores más importantes en el mundo occidental. Atormentado por la trascendencia brutal de sus descubrimientos (“es como confesar un gran pecado”, diría), vivió la mayor parte de su vida recluido hasta que otro naturalista inglés 14 años más joven, Wallace, lo obligó a publicar sus resultados.
Como un homenaje a su trabajo presentamos en forma brevísima lo que es la esencia de su pensamiento: la evolución de las especies y su motor, la selección natural.
La idea de la inmutabilidad de los organismos vivos estaba arraigada en el pensamiento de naturalistas y pensadores del siglo XIX hasta que Darwin la invalidó y sustituyó con su propuesta de la evolución por el mecanismo de la selección natural.
Al tiempo que enunció que los seres vivos no siempre fueron los que ahora vemos, sino que sufrieron múltiples variaciones en un período de tiempo de miles de millones de años, Darwin propuso un origen único para todo lo viviente. A partir de uno o varios seres primigenios se gestó la enorme diversidad que conocemos.
Su propuesta supone que en cada ciclo vital de un organismo se producen alteraciones (mutaciones según la genética moderna) al azar, que no son por lo mismo buenas o malas. Estas alteraciones tendrán un valor adaptativo mayor (funcionar mejor en un ambiente dado) cuando la selección haya hecho su trabajo de cribar y seleccionar. Solamente puede existir selección y por tanto cambio, sobre aquello que no es idéntico. La variabilidad individual nutre la evolución.
Aquellos individuos cuya anatomía, fisiología y comportamiento se ajustan mejor a los requerimientos del medio ambiente tendrán las probabilidades más altas de sobrevivir hasta la edad reproductiva y producir una mayor descendencia.
Si estas características son heredables, la nueva generación tendrá una mayor frecuencia de individuos con los rasgos más ajustados al medio. Si por cualquier razón, (barreras geográficas por ejemplo), esos organismos se ven aislados y por ello expuestos a otros medios, el proceso se reinicia, originando así nuevos individuos adaptados al nuevo medio.
La selección natural ofrece una dirección al cambio, orienta el azar, elabora lenta y progresivamente estructuras cada vez más complejas, órganos nuevos, especies nuevas. La concepción darwinista, por tanto, explica de una forma elegante y contundente la inmensa biodiversidad de la naturaleza.
Sin embargo, no siempre estos cambios llevan a estructuras orgánicas armónicas con el medio que las rodea. Hasta hoy vemos pájaros que cargan con unos picos tan enormes que hasta el acto de conseguir alimentos es tarea difícil y los seres humanos todavía tenemos en el cuerpo partes que no prestan ya ningún servicio, si es que alguna vez lo hicieron.
Es que la naturaleza trabaja como un relojero ciego, sin un propósito claro o determinado. Va colocando partes nuevas para sustituir las viejas, pero muchas veces usa las que no mejoran el mecanismo y el ser expuesto a estos experimentos acaba por desaparecer. El registro fósil es asombrosamente rico y le regala a cualquiera interesado en el tema un plato exquisito. El número de especies que se han extinguido naturalmente sobrepasa con mucho al de las que existen hoy.
Darwin vivió una vida de retiro, complicada por problemas de salud que, según algunos biógrafos, eran causados por una infección crónica adquirida en su legendario viaje por los trópicos. Según otros, eran más bien una forma de ansiedad producida por le hecho de estar echando abajo toda una estructura de pensamiento. Trabajó intensamente hasta el final de sus días.
Feliz cumpleaños Darwin.